Vergüenza y bilis

Es que llega un momento en que las circunstancias personales que nos envuelven, pierden cualquier clase de importancia. O mejor dicho, se recubren de un manto de recato y vergüenza. Es la sensación que se instala en la mente: Vergüenza por, ni siquiera mencionar las dolencias, las molestias e inconvenientes.

¿De qué molestia propia puede alguien quejarse, cuando observa los ojos de esos niños muriendo de hambre, y que ni siquiera tienen ya energías para llorar? ¿Cómo nos íbamos a quejar? —Imposible frente las imágenes de las madres suplicando, con sus hijos famélicos y moribundos en los brazos. No si has sido padre e inclusive si no lo has sido.
Qué difícil creer en el ser humano, ante tales escenas. Hay violencias que, incluso en un conflicto bélico, no pueden tener explicación. Es violencia gratuita, sadismo, maldad. Matar de hambre y sed, matar por la imposibilidad de recibir ayuda médica o la medicación pertinente. ¡No a una tropa, no! A los civiles; mujeres y niños, ancianos y recién nacidos. No hay frontera.
Lo peor: El mundo habla de ello, como habla de los resultados de la liga de futbol. Más goles, menos goles; más muertos, menos muertos.
¿A quién favorece el árbitro?
—Ah!, pero de verdad hay arbitro?
No; no hay árbitro y a pesar de que las gradas están llenas, nadie protesta. Comen su bocadillo, beben su cerveza y cantan a pulmón lleno.

Y ahora, vomita la bilis y sigue creyendo en la humanidad.

Ricard

Caminando hacia los ochenta o hasta que la vida quiera. Esto es solo una distracción, así que me lo tomo en serio, pero solo lo imprescindible. Pasémoslo bien.

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