Alexa, cuéntame un chiste

¿Cómo afecta la interacción con la IA
a los más pequeños?

Sharomka/Shutterstock

Autora: Clara Macarena Ponce Romero, Universidade de Santiago de Compostela

Los niños tienen una curiosidad innata y a lo largo del día les surgen multitud de dudas: ¿por qué los peces no tienen pelo? ¿Por qué si corto una flor se marchita a los pocos minutos? Su necesidad de entender el mundo y desarrollar el lenguaje y con él sus propias ideas les lleva a ser conversadores inagotables.

Lo habitual es que los principales destinatarios de este afán explicativo sean un padre, una madre o un docente. Sin embargo, en los hogares actuales, desde muy pequeños se pueden dirigir a una interfaz digital como Siri o Alexa. Para muchos niños y niñas, hablar con sistemas de inteligencia artificial empieza a formar parte de su vida cotidiana: piden canciones, hacen preguntas, buscan ayuda para los deberes o, simplemente, conversan.

Definitivamente, la escena ya no resulta extraña. Lo interesante es preguntarse qué ocurre cuando esas interacciones se vuelven habituales. ¿Influyen en la manera en que los niños aprenden a comunicarse? ¿Modifica su lenguaje? ¿Merma sus capacidades cognitivas?

El contexto en la adquisición del lenguaje

Hemos de recordar que aprender a hablar nunca ha consistido solo en aprender palabras. Los niños adquieren el lenguaje en el contexto de las relaciones humanas, construyendo lazos afectivos con el otro. Aprenden a esperar turnos, interpretar silencios, comprender situaciones o entender cuándo alguien está cansado, enfadado o distraído. También descubren que las conversaciones no tienen que ser “perfectas”, pues hay interrupciones, malentendidos y explicaciones improvisadas.

Al contrario que el ser humano, las máquinas funcionan de otra manera. Reflexionemos sobre nuestras interacciones en plataformas como ChatGPT o Gemini. ¿Alguna vez hemos perdido la paciencia interactuando con estos asistentes virtuales? En parte, esto se debe a la propia dinámica de estas interacciones, marcada por una lógica muy distinta a la conversación humana. Si algo caracteriza a estas herramientas es su rapidez al responder y su infinita paciencia para interactuar. Y esto cambia el tipo de experiencia comunicativa.

Cuando la casa también responde

En muchos hogares ya se observa un fenómeno curioso: algunos niños (y también adultos) adaptan su forma de hablar para que los asistentes virtuales los entiendan mejor. Simplifican frases y usan órdenes más directas: “pon dibujos”, “abre YouTube”, “cuéntame un chiste”. Se trata de un lenguaje más instrumental, orientado a obtener resultados inmediatos.

Esto no significa necesariamente que los niños se vuelvan menos educados o menos empáticos, pero sí puede influir en las expectativas que desarrollan sobre la conversación. Las interacciones humanas son más lentas y ambiguas, requieren paciencia, atención y negociación. En cambio, muchos sistemas conversacionales están diseñados para ofrecer respuestas rápidas y fluidas, o incluso para generar una especie de empatía virtual con el usuario.

La cortesía y la IA

En este punto, nos detenemos ante una cuestión aparentemente menor, pero muy reveladora: ¿deberíamos enseñar a los niños a decir “por favor” a Alexa? Más allá de la cortesía hacia una máquina, el debate tiene que ver con los hábitos comunicativos que interiorizan los menores cuando interactúan cada día con tecnologías que siempre obedecen. Ahí surge una pregunta de fondo que familias y educadores deberían plantearse: ¿qué idea de “conversar” están construyendo los niños en este contexto?

Junto a estas dudas, conviene no perder de vista las oportunidades que ofrecen estos sistemas. Muchos niños se sienten más libres para preguntar cuando no temen ser juzgados. Un asistente conversacional puede repetir una explicación tantas veces como sea necesario, ajustar el nivel de dificultad o servir de apoyo en el aprendizaje de idiomas o conceptos nuevos.

Estas herramientas funcionan como un espacio seguro de ensayo y error sin la presión social que a veces acompaña a la interacción. Y no solo ocurre en la infancia. Todos hemos recurrido en algún momento a la inteligencia artificial para resolver preguntas cotidianas que quizá no habríamos formulado en voz alta: desde “Alexa, ¿cómo puedo recuperar mi contraseña?” hasta dudas más embarazosas que preferimos no comentar.

Responder no es comprender

Definitivamente, los sistemas actuales generan respuestas convincentes, pero no entienden el mundo como lo hace una persona. No tienen experiencias, emociones ni intención propia, aunque a veces lo parezca. Y los niños pequeños (al igual que los adultos) tienden a atribuir rasgos humanos a aquello que interactúa con ellos. Si algo conversa, es fácil asumir que también “entiende” o “sabe”.

Sin embargo, en una conversación humana hay mucha información “que no se dice”. Un adulto detecta cuándo un niño formula una pregunta por curiosidad, por miedo o simplemente porque necesita atención. Esta dimensión pragmática (gestos, tono, mirada, sentidos) es crucial para el desarrollo de los más pequeños, y es difícil de replicar en una máquina, que puede ofrecer una respuesta correcta sin captar nada de eso.

Cambio del entorno comunicativo

Cuando niños y niñas crecen rodeados de un tipo de intercambio lingüístico particular, una conversación que responde rápido y que obedece a toda petición, la inteligencia artificial modela hábitos, expectativas y formas de interacción. Esto puede hacer que los niños y niñas esperen que las respuestas sean siempre rápidas, claras y sin dificultad, como si toda conversación tuviera que resolverse al momento.

El papel de las familias y los adultos que conviven con los más pequeños se vuelve crucial, porque son quienes median en el uso cotidiano de estas herramientas, tanto en el hogar como en la escuela, quienes interpretan sus límites y quienes ayudan a encajar estas nuevas formas de conversación dentro del aprendizaje general.

Entender qué nos diferencia de las máquinas

Que un niño pequeño hable con Alexa y le pida que responda preguntas o le cuente un chiste no tiene por qué ser perjudicial para su desarrollo del lenguaje. Pero sí conviene acompañar esos diálogos para que entienda que está ante una máquina que responde, no ante una persona.

Debemos enseñar a los niños y niñas qué nos diferencia de las máquinas, cómo debemos interactuar con ellas y con qué fines está bien usarlas, acompañando esas interacciones en el día a día, comentando lo que ocurre en ellas y ayudándoles a interpretar sus límites.

Porque pueden ser útiles como apoyo, pero en ningún caso deben sustituir el habla entre iguales, que sigue siendo el núcleo de nuestra forma de estar en el mundo.The Conversation

Clara Macarena Ponce Romero, es Profesora del área de Didáctica de la Lengua y la Literatura, Universidade de Santiago de Compostela Artículo publicado originalmente en The Conversation.


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