Simplemente me senté bajo la sombra del arce. En el centro del jardín, cerca del estanque de los peces dorados. Un canto rodado con forma de cojín de dimensión suficiente para recoger mis posaderas y adecuadamente alto para poder cruzar las piernas con comodidad, me permiten permanecer largo rato, en reflexión -que no, meditación- y con el confort suficiente.
De vez en cuando alguna de las rojizas hojas pentafoliadas, cae sobre mi cabeza desprovista de pelo. Me recuerdan los dedos de algún animal extinto. Sus diferentes tonos rojizos conforman una hermosa alfombra que el viento hace sonar como en un hermoso susurro que acompaña el chapoteo del agua entre las rocas. Pienso que un momento como este, es un momento bendito para reiniciar un cuaderno como este. Si la vida lo permite.
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