Por supuesto que en cualquier momento de la vida; pero muy especialmente en esa edad en la que detectas, —sin que necesites que nadie te lo advierta— que estás entrando o ya situado en la vejez, el respeto hacia ti mismo se hace imprescindible.
Es más que probable que recibas algún desprecio, como si fueras un mueble viejo que ocupa espacio y al que hay que quitar el polvo. No deberías humillarte por eso y sí, recordar que lo único que puede honrarte, ya nunca más dependerá de nadie más que de ti. Y de nada servirá que te fustigues; antes al contrario, obsérvate como lo que eres y como portador de aquello que miles de generaciones anteriores, cuando la vida transcurría en ritmos y velocidades naturales, todo el mundo sabía apreciar: la experiencia.
Y será esa experiencia, la que te ofrecerá fuerza interior para honrarte y valorarte. La misma que te provee de paciencia para sobrellevar las limitaciones que preambulan el último libro de tu vida. Pocos son, los que superan la capacidad de gestionar los dolores físicos, como esos muebles viejos. Ni el dolor, ni el sufrimiento, redimen, pero en ocasiones, dignifican. Especialmente si tú quieres que sea así. La queja, el lamento y el llanto, no ayudan.
Permítete honrarte y respetarte a ti mismo, incluso más que a tus próximos, y no permitas nunca que tu felicidad, tu valía y el equilibrio de tus emociones dependa de nadie más que de ti.
Foto: Pixabay.Licencia C.C.
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